Aunque pasar de largo, cruzar los brazos, pueda parecer un gesto cobarde, no hay mayor coraje en el corazón de aquél que se enfrenta sin armas a alguien con armas. Mientras la violencia siga engendrando violencia, el único camino para conseguir la paz será la propia paz.
Si estas dispuesto a hacer un buen corte de mangas
a quien te ordene conquistar aquella playa,
tender un puente, acorralar a algún vecino
en el supuesto que atacara el enemigo.
1968, primavera en Praga. Miles de estudiantes se enfrentan desarmados a los tanques del Pacto de Varsovia. Decenas de muertos, pero el principio del fin del monstruo soviético.
Tal vez mañana no habrá nada que escupa fuego
y el que se invente el tirachinas le colgaremos
Lisboa, 1974. Los civiles toman las calles, levantándose en masa contra el dictador Spínola. Armados, sí, pero con claveles.
Si el peligro es que te llamen mal patriota
los que siempre hacen las cosas por pelotas
menuda gloria, menuda gloria.
En Estados Unidos decenas de soldados y oficiales se niegan a ir a la Guerra de Irak. Son condenados por ello por cometer un delito anticonstitucional.
pero piensas que esos meses son robados,
los que te hacen dar servicio de soldado
son tan largos, son tan largos.
Objetores de conciencia en todo el mundo son encarcelados por no querer cumplir servicio militar. Pero siguen prefiriendo algunas rejas que tener un rifle en las manos.
Aqui estoy cautivo, solo y desarmado
no hay mejor defensa que cruzar los brazos
pasar de largo, cruzar los brazos.
Gandhi, con su resistencia no violenta, devolvió a India la esperanza e inició un movimiento pacifista que finalmente les otorgó la independencia del imperio británico, y que ha servido de inspiración a miles de personas y organizaciones en todo el mundo.
(y cientos de otros ejemplos...)
en palabras de Victor Manuel:
"yo creo que nada hay más radical contra la carrera armamentística que sentarse en el suelo, cruzar los brazos, y dejar que el tanque te pase por encima".
Creas o no en lo que dices, gracias por esas palabras.
lunes, 28 de mayo de 2007
resaca de elecciones y otras reflexiones
Lo prometí y lo hice:
Le di mi voto al partido cuyo programa electoral me gustó más, y por una vez me alejé de las garras afiladas del bipartidismo.
Ahora ese partido en Pinto tiene la llave del gobierno municipal: PP y PSOE están empatados a concejales, y este pequeño partido independiente (Juntos por Pinto), con una cifra nada desdeñable de dos concejales, tiene el poder de decidir con quién pactar, y por lo tanto, a quién relegar a la oposición y a quién regalarle el ayuntamiento.
¿Qué hará este partido? ¿Se irá con quién más euros le ponga en la mano? ¿Será coherente con su ideolgía de izquierdas? (perdón, si es que en los tiempos que corren la izquierda y la derecha se diferencian en algo).
Y lo más gracioso de todo: ¿pactará alguno de los grandes partidos con aquél de cuyo candidato han dicho improperios de todo tipo públicamente en más de una ocasión?
Pues, claro que sí. No se puede esperar menos de la calaña política actual.
Qué queréis, que la vida está muy mal y ser concejal en un ayuntamiento con dinero como el de Pinto, es un caramelito al que nadie está dispuesto a renunciar.
Ay...estos políticos.
Yo sigo confiando en que en los partidos haya gente honrada, gente joven o no tanj oven, con vocación clara de poner su talento al servicio de los ciudadanos. Pero pobres, cómo se va a esperar lo mejor de ellos con sueldos en las alcaldías y las concejalías casi indecentes, y la posibilidad de meter mano en las arcas municipales (nadie se va a enterar...esto para el pueblo entero no supone nada, para uno sólo es mucho dinero...). Para aliviarles la pesada carga de la conciencia a estos muchachos, yo propongo que se les baje a los políticos el suelo a poco más del salario mínimo.
Ya veríamos entonces si el señor Castro, el ilustre alcalde de Getafe, tras veintitantos años dirigiendo el cotarro de su ciudad, se presentaría de nuevo a las municipales. No creo, porque entonces no se podría pagar su palacete cerca de la sierra madrileña.
Si el salario fuera bajo, sólo tendríamos en los mandos dirgintes a gente que le importe de verdad lo que hace, no medioburgueses acomodados a la vida fácil, y a los que, por supuesto, no se les saca del sillón ni a tiros.
Por que esa es otra: los años y años que algunos se tiran al mando de un ayuntamiento o de una concejalía (sobre todo los concejales, porque a los alcaldes en cierta medida los podemos elegir, a los últimos, no). Muchas veces se cargan, con sutiles maniobras políticas, a futuros y brillantes candidatos, de los que temen les puedan quitar el puesto.
Y el entramado político, por lo menos en los ayuntamientos pequeños, funciona así: fulanita es concejala por ser amante de no sé quién, a este otro le debía un favor, éste es amigo de toda la vida...QUÉ VERGÜENZA.
Prometo que a las elecciones siguientes me presento yo; y no os preocupéis, que robaré, recalificaré, venderé favores y mentiré al pueblo todo lo que haga falta y más: es decir, estaré a la altura.
Le di mi voto al partido cuyo programa electoral me gustó más, y por una vez me alejé de las garras afiladas del bipartidismo.
Ahora ese partido en Pinto tiene la llave del gobierno municipal: PP y PSOE están empatados a concejales, y este pequeño partido independiente (Juntos por Pinto), con una cifra nada desdeñable de dos concejales, tiene el poder de decidir con quién pactar, y por lo tanto, a quién relegar a la oposición y a quién regalarle el ayuntamiento.
¿Qué hará este partido? ¿Se irá con quién más euros le ponga en la mano? ¿Será coherente con su ideolgía de izquierdas? (perdón, si es que en los tiempos que corren la izquierda y la derecha se diferencian en algo).
Y lo más gracioso de todo: ¿pactará alguno de los grandes partidos con aquél de cuyo candidato han dicho improperios de todo tipo públicamente en más de una ocasión?
Pues, claro que sí. No se puede esperar menos de la calaña política actual.
Qué queréis, que la vida está muy mal y ser concejal en un ayuntamiento con dinero como el de Pinto, es un caramelito al que nadie está dispuesto a renunciar.
Ay...estos políticos.
Yo sigo confiando en que en los partidos haya gente honrada, gente joven o no tanj oven, con vocación clara de poner su talento al servicio de los ciudadanos. Pero pobres, cómo se va a esperar lo mejor de ellos con sueldos en las alcaldías y las concejalías casi indecentes, y la posibilidad de meter mano en las arcas municipales (nadie se va a enterar...esto para el pueblo entero no supone nada, para uno sólo es mucho dinero...). Para aliviarles la pesada carga de la conciencia a estos muchachos, yo propongo que se les baje a los políticos el suelo a poco más del salario mínimo.
Ya veríamos entonces si el señor Castro, el ilustre alcalde de Getafe, tras veintitantos años dirigiendo el cotarro de su ciudad, se presentaría de nuevo a las municipales. No creo, porque entonces no se podría pagar su palacete cerca de la sierra madrileña.
Si el salario fuera bajo, sólo tendríamos en los mandos dirgintes a gente que le importe de verdad lo que hace, no medioburgueses acomodados a la vida fácil, y a los que, por supuesto, no se les saca del sillón ni a tiros.
Por que esa es otra: los años y años que algunos se tiran al mando de un ayuntamiento o de una concejalía (sobre todo los concejales, porque a los alcaldes en cierta medida los podemos elegir, a los últimos, no). Muchas veces se cargan, con sutiles maniobras políticas, a futuros y brillantes candidatos, de los que temen les puedan quitar el puesto.
Y el entramado político, por lo menos en los ayuntamientos pequeños, funciona así: fulanita es concejala por ser amante de no sé quién, a este otro le debía un favor, éste es amigo de toda la vida...QUÉ VERGÜENZA.
Prometo que a las elecciones siguientes me presento yo; y no os preocupéis, que robaré, recalificaré, venderé favores y mentiré al pueblo todo lo que haga falta y más: es decir, estaré a la altura.
martes, 22 de mayo de 2007
Madrid, Madrid, Madrid
A ritmo de pasodoble bebía una cocacola bien fría en un bullicioso barcito de la plaza Santa Ana.
Un joven inglés se le había acercado, viéndola sola, tras tenues y encendidas miradas que resbalaban implacables sobre su escote y la curva de su cintura. Con voz vacilante, con suave acento británico de ondulantes vaivenes, le preguntó su nombre, le preguntó si podía sentarse a su lado.
Ella se encogió de hombros, con un gesto mecánico le señaló una silla y siguió con la vista clavada en la pared forrada de carteles de folclóricas, de toreros bravos en traje de luces. No sabía por qué había entrado a aquel lugar de tursitas, en el que las cocacolas valían el doble de lo que deberían valer y los ansiosos anglosajones se arremolinaban en busca de alguna belleza morena y exótica de esas que habían visto en películas, oído en canciones.
Comenzó él entonces su diatraba sobre las maravillas de la capital española, sobre las maravillas de los madrileños, de la fiesta, de la sangría, del sorprendente calor en una tarde de abril en la que en londres con mucha suerte sólo estaría lloviznando.
Ella no contestó, apurando su cocacola, para deshacerse cuanto antes de la molesta compañía de parla inagotable que le hablaba de las excelencias de una ciudad que de la que ella había escapado.
¿te gusta madrid? ¿te gusta vivir en madrid? le preguntó, pero ella sólo le escucho a medias mientras se abría camino a penas entre la gente, tratando de alcanzar la puerta.
¿si le gustaba madrid? era una pregunta que se había hecho miles de veces, y nunca sabía qué contestar.
Salió a la calle, y en las aceras abarrotadas, en las terracitas abarrotadas, en las tiendas abarrotadas, se respiraba en todo Madrid la llegada del buen tiempo, y en los árboles solitarios que apagaban a medias nostalgias de horizontes verdes, habían brotado ya, como una explosión repentina e instantánea, las hojas verdes y los capullos de flores que más tarde se abrirían siguiendo un inexplicable instinto ancestral; los árboles no entendían de calendarios, pero nadie mejor que ellos sabía cuando llegaba la primavera. "Es más" pensó, con la mirada volando sobre las ramas ya no desnudas, ya no raquíticas, "ellos son la primavera".
De todas las ciudades que habían marcado su vida, Madrid era con diferencia la ciudad con la que ella había mantenido una relación más intensa, de amores y odios tempestuosos, de dependencia febril y agobio enloquecedor.
Cuando vivía en ella quería irse, cuando vivía fuera de ella la echaba desesperadamente de menos.
Pensó en lo que el inglés con incontinencia verbal había dicho acerca de esa (su) ciudad: que era joven, que era alegre, que vivía más de noche que de día, que la gente se tomaba el vermú a cualquier hora, que las chicas eran guapas y el acohol barato. Paseando su mirada por las estrechas callejuelas de las inmediaciones de la Plaza Mayor, comprendió que una ciudad como Madrid pudiera resultarle tan excitante a un londinense aburrido de niebla y lluvia. Le gustaba esa parte de la ciudad, más que los barrios cuadriculados de avenidas anchas en los que se respiraba tranquilidad y, por qué no, dinero. Le gustaba más el Madrid castizo, el madrid de callejuelas imposibles que se doblaban y replegaban sobre sí mismas una y otra vez, el Madrid laberíntico de pasadizos en los que apenas cabía un coche y que se convertían en el horror de cualquier turista desprovisto de un buen mapa callejero.
Mirando a la gente que paseaba tranquila en la ciudad atestada de tráfico y ruidos de bocinas, se dijo que no había conocido ciudad más frívola que Madrid; era una ciudad frívola, cosmopolita a medias, tolerante a medias, como un pueblo grande que no se hubiera ascostumbrado del todo al aluvión de inmigración y turismo. Excitante y temible a partes iguales, Madrid es la amante infiel que promete y a veces no cumple: y se la odia, pero no se puede evitar amarla.
El atardecer comenzaba a caer y ella se dirigió a la Cibeles paseando sin prisa por una calle Alcalá sorprendentemente descongestionada de tráfico y ruidos de motor: alguna obra de esas que destripaban la ciudad por cualquier sitio habría desviado el tráfico por la Gran Vía, por la Castellana tal vez. El aliento se le congeló en el pecho, como cada vez que pasaba por esa plaza de barrocos contornos; la Cibeles era el cénit absoluto de la belleza del Madrid en el punto cúlmine de su esplendor. Desde cualquier perspectiva, desde la Gran Vía viendo la Casa de América y el Banco de España, con la puerta de Alcalá a lo lejos, desde la Calla Alcalá con la vista del ángel metropolitano escuplido en oro y roca, o desde la castellana conteplando el nacimiento de la arteria principal de la ciudad, esa plaza le ayudaba a recordar por qué amaba a esa ciudad de noches interminables y rincones inciertos.
Llevaba un par de años sin vivir en Madrid, había salido de ella agobiaba por la lejanía de todos los mares posibles, pero la necesitaba en noches de insomnio y nostalgias inexplicables.
La gente que vivía en Madrid necesitaba salir por lo menos una vez al año y ver el mar, y ver el horizonte sin edificar; ella en cambio necesitaba zambullirse de vez e cuando en aquel océano de cemento y asfalto, y volvía entonces al sur de Francia revitalizada y odiándola y amándola más que nunca.
Se acordó de algo que había dicho alguna vez un tal Joaquín:
una ciudad invivible pero insustituible. Y eso era exactamente lo que era.
Un joven inglés se le había acercado, viéndola sola, tras tenues y encendidas miradas que resbalaban implacables sobre su escote y la curva de su cintura. Con voz vacilante, con suave acento británico de ondulantes vaivenes, le preguntó su nombre, le preguntó si podía sentarse a su lado.
Ella se encogió de hombros, con un gesto mecánico le señaló una silla y siguió con la vista clavada en la pared forrada de carteles de folclóricas, de toreros bravos en traje de luces. No sabía por qué había entrado a aquel lugar de tursitas, en el que las cocacolas valían el doble de lo que deberían valer y los ansiosos anglosajones se arremolinaban en busca de alguna belleza morena y exótica de esas que habían visto en películas, oído en canciones.
Comenzó él entonces su diatraba sobre las maravillas de la capital española, sobre las maravillas de los madrileños, de la fiesta, de la sangría, del sorprendente calor en una tarde de abril en la que en londres con mucha suerte sólo estaría lloviznando.
Ella no contestó, apurando su cocacola, para deshacerse cuanto antes de la molesta compañía de parla inagotable que le hablaba de las excelencias de una ciudad que de la que ella había escapado.
¿te gusta madrid? ¿te gusta vivir en madrid? le preguntó, pero ella sólo le escucho a medias mientras se abría camino a penas entre la gente, tratando de alcanzar la puerta.
¿si le gustaba madrid? era una pregunta que se había hecho miles de veces, y nunca sabía qué contestar.
Salió a la calle, y en las aceras abarrotadas, en las terracitas abarrotadas, en las tiendas abarrotadas, se respiraba en todo Madrid la llegada del buen tiempo, y en los árboles solitarios que apagaban a medias nostalgias de horizontes verdes, habían brotado ya, como una explosión repentina e instantánea, las hojas verdes y los capullos de flores que más tarde se abrirían siguiendo un inexplicable instinto ancestral; los árboles no entendían de calendarios, pero nadie mejor que ellos sabía cuando llegaba la primavera. "Es más" pensó, con la mirada volando sobre las ramas ya no desnudas, ya no raquíticas, "ellos son la primavera".
De todas las ciudades que habían marcado su vida, Madrid era con diferencia la ciudad con la que ella había mantenido una relación más intensa, de amores y odios tempestuosos, de dependencia febril y agobio enloquecedor.
Cuando vivía en ella quería irse, cuando vivía fuera de ella la echaba desesperadamente de menos.
Pensó en lo que el inglés con incontinencia verbal había dicho acerca de esa (su) ciudad: que era joven, que era alegre, que vivía más de noche que de día, que la gente se tomaba el vermú a cualquier hora, que las chicas eran guapas y el acohol barato. Paseando su mirada por las estrechas callejuelas de las inmediaciones de la Plaza Mayor, comprendió que una ciudad como Madrid pudiera resultarle tan excitante a un londinense aburrido de niebla y lluvia. Le gustaba esa parte de la ciudad, más que los barrios cuadriculados de avenidas anchas en los que se respiraba tranquilidad y, por qué no, dinero. Le gustaba más el Madrid castizo, el madrid de callejuelas imposibles que se doblaban y replegaban sobre sí mismas una y otra vez, el Madrid laberíntico de pasadizos en los que apenas cabía un coche y que se convertían en el horror de cualquier turista desprovisto de un buen mapa callejero.
Mirando a la gente que paseaba tranquila en la ciudad atestada de tráfico y ruidos de bocinas, se dijo que no había conocido ciudad más frívola que Madrid; era una ciudad frívola, cosmopolita a medias, tolerante a medias, como un pueblo grande que no se hubiera ascostumbrado del todo al aluvión de inmigración y turismo. Excitante y temible a partes iguales, Madrid es la amante infiel que promete y a veces no cumple: y se la odia, pero no se puede evitar amarla.
El atardecer comenzaba a caer y ella se dirigió a la Cibeles paseando sin prisa por una calle Alcalá sorprendentemente descongestionada de tráfico y ruidos de motor: alguna obra de esas que destripaban la ciudad por cualquier sitio habría desviado el tráfico por la Gran Vía, por la Castellana tal vez. El aliento se le congeló en el pecho, como cada vez que pasaba por esa plaza de barrocos contornos; la Cibeles era el cénit absoluto de la belleza del Madrid en el punto cúlmine de su esplendor. Desde cualquier perspectiva, desde la Gran Vía viendo la Casa de América y el Banco de España, con la puerta de Alcalá a lo lejos, desde la Calla Alcalá con la vista del ángel metropolitano escuplido en oro y roca, o desde la castellana conteplando el nacimiento de la arteria principal de la ciudad, esa plaza le ayudaba a recordar por qué amaba a esa ciudad de noches interminables y rincones inciertos.
Llevaba un par de años sin vivir en Madrid, había salido de ella agobiaba por la lejanía de todos los mares posibles, pero la necesitaba en noches de insomnio y nostalgias inexplicables.
La gente que vivía en Madrid necesitaba salir por lo menos una vez al año y ver el mar, y ver el horizonte sin edificar; ella en cambio necesitaba zambullirse de vez e cuando en aquel océano de cemento y asfalto, y volvía entonces al sur de Francia revitalizada y odiándola y amándola más que nunca.
Se acordó de algo que había dicho alguna vez un tal Joaquín:
una ciudad invivible pero insustituible. Y eso era exactamente lo que era.
martes, 15 de mayo de 2007
Vincent
Para los que disfruten con el mundo oscuro y extraño de la retorcida mente de Tim Burton, un precioso corto del genial director narrado por Vincent Price.
miércoles, 9 de mayo de 2007
conversacion en la habitacion
La maleta sobre la cama sin hacer.
El dolor de cabeza que le martilleaba las sienes sin piedad.
Taquicardias provocadas por la ingesta exagerada de cafeína (últimamente llevaba una relación de amor-odio con el dichoso café).
Angustia existencial.
Llamadas desesperadas buscando consuelo fácil.
Por último, lágrimas que se derraman sin remedio.
¿Qué te pasa?- le pregunta el elefante de orejas raquíticas que está encima de la cama.
-Nada, que soy una vieja. Hoy Sergio no sabía quiénes son los Power Rangers.
-Así que estas atravesando la crisis de los 21. Pensaba que esa crisis no existía.
-Me la he inventado yo, afirma, mirando fijo por la ventana que le muestra las deliciosas vistas de la ventana de la vecina.
-Sólo eso. Que tienes 21. Pues yo llevo no sé cuántos años tirado encima de tu cama (a veces en en suelo), sin hacer nada, sin poder ir a ningun sitio, sin poder ligar con alguna elefanta facilona, y no me quejo.
-No, no es sólo eso. Supongo que es un poco de todo, un poco de nada.
-Como te expliques así de bien me parece que no voy a poder ayudarte.
_No necesito tu ayuda. necesito una botella de tequila y una tarta de chocolate.
-Tienes razón. eso de que el alchol no soluciona los problemas es un topicazo...
-Es que el tiempo pasa demasiado deprisa, joder- piensa, esta vez más tranquila después de haber llorado un poco. -es asombroso cómo anestesia el llanto. La proxima vez que no pueda dormir voy a pensar en cosas tristes y hala, a soñar.
Éste es uno de esos días en los que le apetece todo menos hacer una maleta. No hay cosa que más odie en el mundo, más aún en un día de calor insoportable, de dolor de cabeza, de confusión de analgésicos, de malestares de alergia, de agobios de responsabilidad (probablemente derivados de un inoportuno vistazo a los incomprensibles apuntes de econometría)...
El elefante se incorpora sobre sus patitas deshuesadas.
-Yo te hago la maleta si dejas de llorar, le dice. Pero llévame contigo, que nunca he montado en avión.
-No te lo aconsejo, le dice, secándose ls lágrimas. Estás acostumbraddo a dormir en una cama y mañana probablemente acabemos acampando en la cuneta de alguna autovía.
Él la mira sin creerla, y se encoje de hombros. Allá tú, le dice. Sabes de sobra que nadie más que yo aguanta tus gilipolleces premenstruales.
-Porque no te queda otro remedio, ella le mira con sorna, con una sonrisa burlona. No sabes andar, no te puedes ir.
-Pues vuelve con a q te consuelen tus libritos o la pantalla anodina de ese ordenador, y ya querrás abrazarme en las noches que te sientas sola.
Se da la vuelta, enfadado, y ella se siente culpable porque gracias a él está un poquito mejor. Se tumba en la cama junto a él y cierra los ojos, sin pensar en nada. Le quedan exactamente cuatro horas para tener que levantarse.
En realidad se ha puesto así por tener que hacer la maleta, y después de pensarlo un poco decide no hacerla.
Me va a salir más barato, piensa, y así me ahorro: qué me pongo hoy? .Además ya que voy en plan hippy, pues lo hago bien.
Y se siente más tranquila, abrazando a su elefante centenario, y, tirando de una patada la maleta de la cama, se duerme, por fin relajada, por fin descontaminada de los efectos tóxicos de la cafeína.
El dolor de cabeza que le martilleaba las sienes sin piedad.
Taquicardias provocadas por la ingesta exagerada de cafeína (últimamente llevaba una relación de amor-odio con el dichoso café).
Angustia existencial.
Llamadas desesperadas buscando consuelo fácil.
Por último, lágrimas que se derraman sin remedio.
¿Qué te pasa?- le pregunta el elefante de orejas raquíticas que está encima de la cama.
-Nada, que soy una vieja. Hoy Sergio no sabía quiénes son los Power Rangers.
-Así que estas atravesando la crisis de los 21. Pensaba que esa crisis no existía.
-Me la he inventado yo, afirma, mirando fijo por la ventana que le muestra las deliciosas vistas de la ventana de la vecina.
-Sólo eso. Que tienes 21. Pues yo llevo no sé cuántos años tirado encima de tu cama (a veces en en suelo), sin hacer nada, sin poder ir a ningun sitio, sin poder ligar con alguna elefanta facilona, y no me quejo.
-No, no es sólo eso. Supongo que es un poco de todo, un poco de nada.
-Como te expliques así de bien me parece que no voy a poder ayudarte.
_No necesito tu ayuda. necesito una botella de tequila y una tarta de chocolate.
-Tienes razón. eso de que el alchol no soluciona los problemas es un topicazo...
-Es que el tiempo pasa demasiado deprisa, joder- piensa, esta vez más tranquila después de haber llorado un poco. -es asombroso cómo anestesia el llanto. La proxima vez que no pueda dormir voy a pensar en cosas tristes y hala, a soñar.
Éste es uno de esos días en los que le apetece todo menos hacer una maleta. No hay cosa que más odie en el mundo, más aún en un día de calor insoportable, de dolor de cabeza, de confusión de analgésicos, de malestares de alergia, de agobios de responsabilidad (probablemente derivados de un inoportuno vistazo a los incomprensibles apuntes de econometría)...
El elefante se incorpora sobre sus patitas deshuesadas.
-Yo te hago la maleta si dejas de llorar, le dice. Pero llévame contigo, que nunca he montado en avión.
-No te lo aconsejo, le dice, secándose ls lágrimas. Estás acostumbraddo a dormir en una cama y mañana probablemente acabemos acampando en la cuneta de alguna autovía.
Él la mira sin creerla, y se encoje de hombros. Allá tú, le dice. Sabes de sobra que nadie más que yo aguanta tus gilipolleces premenstruales.
-Porque no te queda otro remedio, ella le mira con sorna, con una sonrisa burlona. No sabes andar, no te puedes ir.
-Pues vuelve con a q te consuelen tus libritos o la pantalla anodina de ese ordenador, y ya querrás abrazarme en las noches que te sientas sola.
Se da la vuelta, enfadado, y ella se siente culpable porque gracias a él está un poquito mejor. Se tumba en la cama junto a él y cierra los ojos, sin pensar en nada. Le quedan exactamente cuatro horas para tener que levantarse.
En realidad se ha puesto así por tener que hacer la maleta, y después de pensarlo un poco decide no hacerla.
Me va a salir más barato, piensa, y así me ahorro: qué me pongo hoy? .Además ya que voy en plan hippy, pues lo hago bien.
Y se siente más tranquila, abrazando a su elefante centenario, y, tirando de una patada la maleta de la cama, se duerme, por fin relajada, por fin descontaminada de los efectos tóxicos de la cafeína.
viernes, 27 de abril de 2007
el amor y una guerra (II)
Había perdido la noción del tiempo; la cabeza le daba vueltas y el olor nauseabundo a sudor y suciedad que impregnaba la ropa de cada soldado americano y cada iraquí se mezclaba con el hálito vaporoso que exhalaban los charcos de sangre que corrían en riachuelos por las aceras.
No sabía cuánto tiempo llevaban de reyerta. El soldado Jhon García siempre hacía lo mismo cuando tenía que usar el rifle: intentaba no pensar en nada, sólo apretar el gatillo cuando tenía que hacerlo, y si no cerraba los ojos y corría a ciegas por las calles polvorientas era porque a sus veintitrés años todavía le tenía algo de aprecio a la vida.
"Debe ser eso q llaman instinto de supervivencia", pensaba, mientras corría y se agachaba, se enderezaba y disparaba el rifle automático. "El instinto de supervivencia nos mantiene vivos, pero nos deshumaniza porque le cedemos el control de nuestros músculos a los instintos". Disparar, tomar aire, correr, esconderse, disparar un poco más, antes de que te disparen a ti.
No sabía cuántos hombres de encrespadas barbas, almidonados turbantes y ojos de fuego había matado ya en el tiempo que las balas llevaban silbando en sus oídos; no lo sabía, pero prefería no pensarlo.
El aliento de la muerte arrancaba en estertores la vida de tanto amigos como enemigos, y al fin y al cabo, pensó, éramos todos iguales cuando caíamos tendidos en aquel frío cemento que olía a muerte y a soledad. Americanos, chiíes, sunníes, británicos, polacos, italianos, búlgaros. Había visto en aquel desierto y alrededor del ancho mundo a hombres de todos los tipos, todos los tamaños, todos los colores, de todas las lenguas. Y todos eran lo mismo en la hora de la muerte: gritos de dolor, angustia en la mirada, sacudidas espasmódicas de los miembros cada vez más inertes.
Qué absurdo, pensaba el soldado Jhon García, qué absurdo que hayamos nacido para esto, para terminar desangrándonos de cualquier manera en el suelo frío sin saber exactamente por qué. Pero Jhon García no era filósofo, era soldado, y sigiuó haciendo lo que mejor sabía hacer, hasta que vio los ojos negros.
Estaban tras un velo de gasa, pero no como en las péliculas exóticas en las que una belleza de curvas cadenciosas se mueve frenéticamente al ritmo sensual de los tambores.
Eran unos ojos de mirada triste, opaca, dolorosamente oscuros y duros. Y estaban escondidos tras un velo roído que le cubría el rostro y parte del pequeño cuerpo desnudo.
No pudo apartar su mirada de esa mirada oscura ni cuando una de las balas le rozó el brazo derecho, desgarrándole la ropa de duro esparto y desgarrándole también la piel y los tendones. Se tapó la herida con una mano y avanzó inexorablemente hacia aquellos ojos felinos en los cuales había reflejos de irrealidad, hacia aquella oscuridad profunda de pestañas insolentemente largas.
La niña de unos seis años a la cual pertenecían los ojos de princesa encarcelada le miró, y é la miró a ella, y entonces vio la sangre y las heridas y la suciedad que cubrían su piel etérea, y percibió el terror que desprendía cada centímetro de su cuerpo.
Temlando de dolor, de sorpresa, el soldado Jhon García cayó de rodillas frente a la aparición onírica, y no pudo evitar estrechar contra su pecho el cuerpecito aterido de miedo y frío.
Siempre había creído en el destino; que cada cual en el mundo hacía lo que estaba llamado a hacer. Y en ese momento, con la niña iraquí entre sus brazos, con su pelo infantil enredado en sus rudas manos de guerrero bravo, sintió en cada rincón de su ser que ya había encontrado el tortuoso sendero de su propio camino: tenía que salvar a aquella niña, testigo prematuro de la muerte y la destrucción más demencial, testigo de los más bajos instintos que inspiran a un hombre a dejar de comportarse como tal, y a matar a otras personas en nombre de una bandera o una religión.
Como si bandera o religión significaran algo importante, más importante que los ojos asustados de una niña de seis años que empezaba a descubrir el mundo.
La sangre corría caliente y viva por el brazo torneado de Jhon García, y manchaba el velo de tul de la mariposilla que sostenía fuertemente entre sus brazos. No sabía qué le había pasado, a su espalda oía los gritos atónitos de sus compañeros, las órdenes enloquecidas del capitán de la brigada. Se podían ir al infierno todos, del primero al último, pero él iba a sacar de aquella locura de sangre y muerte a la niña que lloraba copiosamente en su hombro.
La levantó con el brazo que tenía sano, refugiándola en la caverna de su pecho y protegiéndola con su hombro. Se la llevó de alli, y anduvo perdido entre balas, gritos y ruidos de explosiones, nunca supo cuánto tiempo. El sol salió tras el horizonte pedregoso y él seguía andando con la princesita en brazos, sin prestar atención al dolor del brazo, de la cabeza, y al hecho de que si seguía andando, probablemente nunca encontraría el camino de regreso al campamento base.
Las horas se sucedían, lentas, pesadas, y cada vez le costaba un poco más dar el siguiente paso, un poco más la siguiente toma de aliento, un poco más mantener la cordura en medio de aquel desierto de roca y arena candente.
La niña de rizos negros se había dormido en su pecho, y él aspiró profundamente el aroma de su piel infantil. Ya no creía que pudiera volver a casa, pues la herida no dejaba de sangrar y él sabía perfectamente lo que le ocurriría si dejaba seguir la sangre manando sin hacerse un torniquete. Pero no tenía tiempo de preocuparse de eso, debía llevar a la niña a un stitio seguro y entonces ya se encargaría de buscar un hospital y un buen médico que le cosiera la herida y le diera algo para el dolor de cabeza.
Mientras la consciencia se le escapaba poco a poco de entre los dedos, y una neblia de agradable somnolencia comenzaba a nublarle la vista, el ruido atronador de un cláxon y el motor de un jeep despertaron a la niña que dormía desde hacía horas en sus brazos. Un todo terreno color crema avanzaba hacia ellos levantando nubes de polvo, y las voces sorprendidas de un idioma conocido le despertaron de su letargo duranto unos minutos.
Cuando el coche paró a su lado, en alguna parte de su adormecido cerebro surgió la coherente idea de que eran periodistas. Les habló en su mal castellano, el que había aprendido de sus padres cuando les hablaban a él y a sus hermanas en la intimidad del hogar, les dijo, ofrenciéndoles a la niña angustiada por tener que separarse de su pecho protector, que se la quedaran, que no dejaran que le pasara nada.
Los periodistas, con la niña adormilada en los brazos, se miraron entre sí como si todo fuera fruto de alguna extraña alucinación de desierto y falta de agua, pero cuando le quisieron pedir explicaciones, él ya estaba lejos, tambaleándose a penas en medio de las dunas de fuego.
El soldado Jhon García no pudo llegar mucho más lejos; el torrente de sangre que antes había corrido a borbotones no era ya más que un hilillo irregular que salpicaba de rojo bermellón la arena pálida. Sonrió a penas, acordándose de uno de sus cuentos preferidos, y pensó: un rastro de sangre en la arena.
La muerte por desangramiento es como un veneno suave que comienza velando cada uno de tus sentidos hasta que al final ya no sientes nada: en medio de los vapores de la inconsciencia, mientras su cuerpo de héroe marchito se rendía a la evidencia del cansancio insoportable, el soldado Jhon García agradeció a Dios la oportunidad de haber visto los ojos negros de un ángel en medio de aquel infierno de sangre y arena.
No sabía cuánto tiempo llevaban de reyerta. El soldado Jhon García siempre hacía lo mismo cuando tenía que usar el rifle: intentaba no pensar en nada, sólo apretar el gatillo cuando tenía que hacerlo, y si no cerraba los ojos y corría a ciegas por las calles polvorientas era porque a sus veintitrés años todavía le tenía algo de aprecio a la vida.
"Debe ser eso q llaman instinto de supervivencia", pensaba, mientras corría y se agachaba, se enderezaba y disparaba el rifle automático. "El instinto de supervivencia nos mantiene vivos, pero nos deshumaniza porque le cedemos el control de nuestros músculos a los instintos". Disparar, tomar aire, correr, esconderse, disparar un poco más, antes de que te disparen a ti.
No sabía cuántos hombres de encrespadas barbas, almidonados turbantes y ojos de fuego había matado ya en el tiempo que las balas llevaban silbando en sus oídos; no lo sabía, pero prefería no pensarlo.
El aliento de la muerte arrancaba en estertores la vida de tanto amigos como enemigos, y al fin y al cabo, pensó, éramos todos iguales cuando caíamos tendidos en aquel frío cemento que olía a muerte y a soledad. Americanos, chiíes, sunníes, británicos, polacos, italianos, búlgaros. Había visto en aquel desierto y alrededor del ancho mundo a hombres de todos los tipos, todos los tamaños, todos los colores, de todas las lenguas. Y todos eran lo mismo en la hora de la muerte: gritos de dolor, angustia en la mirada, sacudidas espasmódicas de los miembros cada vez más inertes.
Qué absurdo, pensaba el soldado Jhon García, qué absurdo que hayamos nacido para esto, para terminar desangrándonos de cualquier manera en el suelo frío sin saber exactamente por qué. Pero Jhon García no era filósofo, era soldado, y sigiuó haciendo lo que mejor sabía hacer, hasta que vio los ojos negros.
Estaban tras un velo de gasa, pero no como en las péliculas exóticas en las que una belleza de curvas cadenciosas se mueve frenéticamente al ritmo sensual de los tambores.
Eran unos ojos de mirada triste, opaca, dolorosamente oscuros y duros. Y estaban escondidos tras un velo roído que le cubría el rostro y parte del pequeño cuerpo desnudo.
No pudo apartar su mirada de esa mirada oscura ni cuando una de las balas le rozó el brazo derecho, desgarrándole la ropa de duro esparto y desgarrándole también la piel y los tendones. Se tapó la herida con una mano y avanzó inexorablemente hacia aquellos ojos felinos en los cuales había reflejos de irrealidad, hacia aquella oscuridad profunda de pestañas insolentemente largas.
La niña de unos seis años a la cual pertenecían los ojos de princesa encarcelada le miró, y é la miró a ella, y entonces vio la sangre y las heridas y la suciedad que cubrían su piel etérea, y percibió el terror que desprendía cada centímetro de su cuerpo.
Temlando de dolor, de sorpresa, el soldado Jhon García cayó de rodillas frente a la aparición onírica, y no pudo evitar estrechar contra su pecho el cuerpecito aterido de miedo y frío.
Siempre había creído en el destino; que cada cual en el mundo hacía lo que estaba llamado a hacer. Y en ese momento, con la niña iraquí entre sus brazos, con su pelo infantil enredado en sus rudas manos de guerrero bravo, sintió en cada rincón de su ser que ya había encontrado el tortuoso sendero de su propio camino: tenía que salvar a aquella niña, testigo prematuro de la muerte y la destrucción más demencial, testigo de los más bajos instintos que inspiran a un hombre a dejar de comportarse como tal, y a matar a otras personas en nombre de una bandera o una religión.
Como si bandera o religión significaran algo importante, más importante que los ojos asustados de una niña de seis años que empezaba a descubrir el mundo.
La sangre corría caliente y viva por el brazo torneado de Jhon García, y manchaba el velo de tul de la mariposilla que sostenía fuertemente entre sus brazos. No sabía qué le había pasado, a su espalda oía los gritos atónitos de sus compañeros, las órdenes enloquecidas del capitán de la brigada. Se podían ir al infierno todos, del primero al último, pero él iba a sacar de aquella locura de sangre y muerte a la niña que lloraba copiosamente en su hombro.
La levantó con el brazo que tenía sano, refugiándola en la caverna de su pecho y protegiéndola con su hombro. Se la llevó de alli, y anduvo perdido entre balas, gritos y ruidos de explosiones, nunca supo cuánto tiempo. El sol salió tras el horizonte pedregoso y él seguía andando con la princesita en brazos, sin prestar atención al dolor del brazo, de la cabeza, y al hecho de que si seguía andando, probablemente nunca encontraría el camino de regreso al campamento base.
Las horas se sucedían, lentas, pesadas, y cada vez le costaba un poco más dar el siguiente paso, un poco más la siguiente toma de aliento, un poco más mantener la cordura en medio de aquel desierto de roca y arena candente.
La niña de rizos negros se había dormido en su pecho, y él aspiró profundamente el aroma de su piel infantil. Ya no creía que pudiera volver a casa, pues la herida no dejaba de sangrar y él sabía perfectamente lo que le ocurriría si dejaba seguir la sangre manando sin hacerse un torniquete. Pero no tenía tiempo de preocuparse de eso, debía llevar a la niña a un stitio seguro y entonces ya se encargaría de buscar un hospital y un buen médico que le cosiera la herida y le diera algo para el dolor de cabeza.
Mientras la consciencia se le escapaba poco a poco de entre los dedos, y una neblia de agradable somnolencia comenzaba a nublarle la vista, el ruido atronador de un cláxon y el motor de un jeep despertaron a la niña que dormía desde hacía horas en sus brazos. Un todo terreno color crema avanzaba hacia ellos levantando nubes de polvo, y las voces sorprendidas de un idioma conocido le despertaron de su letargo duranto unos minutos.
Cuando el coche paró a su lado, en alguna parte de su adormecido cerebro surgió la coherente idea de que eran periodistas. Les habló en su mal castellano, el que había aprendido de sus padres cuando les hablaban a él y a sus hermanas en la intimidad del hogar, les dijo, ofrenciéndoles a la niña angustiada por tener que separarse de su pecho protector, que se la quedaran, que no dejaran que le pasara nada.
Los periodistas, con la niña adormilada en los brazos, se miraron entre sí como si todo fuera fruto de alguna extraña alucinación de desierto y falta de agua, pero cuando le quisieron pedir explicaciones, él ya estaba lejos, tambaleándose a penas en medio de las dunas de fuego.
El soldado Jhon García no pudo llegar mucho más lejos; el torrente de sangre que antes había corrido a borbotones no era ya más que un hilillo irregular que salpicaba de rojo bermellón la arena pálida. Sonrió a penas, acordándose de uno de sus cuentos preferidos, y pensó: un rastro de sangre en la arena.
La muerte por desangramiento es como un veneno suave que comienza velando cada uno de tus sentidos hasta que al final ya no sientes nada: en medio de los vapores de la inconsciencia, mientras su cuerpo de héroe marchito se rendía a la evidencia del cansancio insoportable, el soldado Jhon García agradeció a Dios la oportunidad de haber visto los ojos negros de un ángel en medio de aquel infierno de sangre y arena.
jueves, 19 de abril de 2007
¿Por que ese tio tenia dos pistolas?
Desde que se produjera lo que los medios ya denominan familiarmente "the Virginia Tech shooting" , una pregunta ha rondado incesantemente las páginas de los periódicos, las bocas de los presentadores de telediario. La policía investiga afanosamente, en colaboración con criminólogos, psiquiatras y allegados al asesino, para responder a esta pregunta: ¿Por qué Cho Seng Hui mató a esas 32 personas? Cuando en realidad la pregunta debería ser:
¿¿¿¿¿POR QUÉ COÑO ESE TÍO TENÍA DOS PISTOLAS????
Yo no tengo miedo a un maníaco-depresivo. Yo le tengo miedo a una legislación que le permite a un maníaco depresivo tener armas de fuego.
Y es que Estados Unidos es un país lleno de contradicciones: por un lado, ay, como te cojan con un poco de marihuana para consumo personal. Lo más probable es que esa noche duermas en el calabozo. Sin embargo, ir a la tienda de la esquina a comprarse un arma corta de 9mm es algo de lo más natural. El depediente sólo te pedirá algún tipo de identificación, y no se preocupará de si tienes antecedentes, si, como en el caso de Cho Seng Hui, estuviste ingresado en un hospital psiquiátrico, o si uno de tus hobbies preferidos es asaltar ancianitas en el parque por la noche.
Demencial.
Lo peor de todo, es, como dice la resabida frase "la violencia engendra violencia", el círculo vicioso que se crea en torno al tráfico legalizado de las armas: cuantas más armas tiene un país, más probable es que en ese país haya un alto índice de delincuencia, y cuanta mayor sea la delicuencia en ese país, más insegura se sentirá la gente y por lo tanto mayor cantidad de armas demandará. En realidad, es un círculo muy difícil de romper porque la tenencia de armas es una tradición muy arraigada en la cultura americana, y se amapara en una enmienda constitucional de hace nada menos que 217 años.
Estados Unidos es una de las democracias liberales más antiguas del mundo, y su Carta Magna es, de hecho, la más antigua de todas. No deja de ser admirable, que, mientras aquí todavía estábamos quemando herejes en la hoguera, en Estados Unidos contaran ya con una declaración amplia de derechos humanos, que srivió de referencia para la construcción de todas las demás cartas de derechos de las democracias que nacieron años, incluso siglos más tarde.
Pero alguna de sus leyes fundamentales, como esta famosa segunda enmienda del 1790, redactadas en un cotexto histórico muy distinto de la realidad americana actual, se han quedado obsoletas y son anacrónicas en una época en la que las sociedades actuales han alcanzado cutoas más o menos aceptables de civilización.
Los actuales partidos de izquierda (si es que en Estados Unidos exsite la izquierda), ni siquiera incluyen la ilegalización del mercado de las armas dentro de sus programas electorales, pues saben que perderían millones de votos, casi todos del medio oeste y del centro americano. Ningún político se va a atrever jamás a quitarles a los americanos sus pistolitas de vaquero, (¿como nos vais a privar de ese derecho constitucional?) y por lo tanto, ese círculo de violencia se seguirá prolongando hasta quién sabe cuándo. Eso, por no hablar de las muertes por accidentes en los hogares americanos: cada año mueren una media de 500 niños por estar jugando con la pistola de papá, que en un descuido, no puso el seguro, la dejó cargada encima de la mesita de noche.
No voy a tratar de analizar las causas de esta incomprensible afición de los americanos a las armas de fuego, ya lo hizo Michael Moore en su genial Bowling for Columbine, pero sea cual sea el origen de ese miedo visceral, de ese estado de alerta y desconfianza permanente en que viven los americanos, alguien debería poner de una vez el asunto sobre la mesa: tenemos un problema. Que un chaval de 23 años, depresivo, medio psicópata, haya comprado una pistola en la tiendecita de al lado de la universidad y se haya cargado a 32 estudiantes, algunos de ellos compañeros suyos de toda la vida, me hace pensar que este país realmente tiene un problema muy grave, y alguien debería hacer algo para solucionarlo.
Y, por otra parte, no deja de resultar cómico que las declaraciones del bueno de Bush hayan sido " esta violencia es incomprensible, no se puede entender esta violencia", horas después de que en Irak, al día siguiente, murieran 173 personas, 6 veces más que en la universidad de Virginia. En fin
¿Tal vez la solución sería destuir todas las fábricas de armas del mundo y encarcelar a todos los que, legal o ilegalmente, comercian con la muerte? Entonces la gente no las echaría de menos porque no habría nada de lo que tener miedo.
¿¿¿¿¿POR QUÉ COÑO ESE TÍO TENÍA DOS PISTOLAS????
Yo no tengo miedo a un maníaco-depresivo. Yo le tengo miedo a una legislación que le permite a un maníaco depresivo tener armas de fuego.
Y es que Estados Unidos es un país lleno de contradicciones: por un lado, ay, como te cojan con un poco de marihuana para consumo personal. Lo más probable es que esa noche duermas en el calabozo. Sin embargo, ir a la tienda de la esquina a comprarse un arma corta de 9mm es algo de lo más natural. El depediente sólo te pedirá algún tipo de identificación, y no se preocupará de si tienes antecedentes, si, como en el caso de Cho Seng Hui, estuviste ingresado en un hospital psiquiátrico, o si uno de tus hobbies preferidos es asaltar ancianitas en el parque por la noche.
Demencial.
Lo peor de todo, es, como dice la resabida frase "la violencia engendra violencia", el círculo vicioso que se crea en torno al tráfico legalizado de las armas: cuantas más armas tiene un país, más probable es que en ese país haya un alto índice de delincuencia, y cuanta mayor sea la delicuencia en ese país, más insegura se sentirá la gente y por lo tanto mayor cantidad de armas demandará. En realidad, es un círculo muy difícil de romper porque la tenencia de armas es una tradición muy arraigada en la cultura americana, y se amapara en una enmienda constitucional de hace nada menos que 217 años.
Estados Unidos es una de las democracias liberales más antiguas del mundo, y su Carta Magna es, de hecho, la más antigua de todas. No deja de ser admirable, que, mientras aquí todavía estábamos quemando herejes en la hoguera, en Estados Unidos contaran ya con una declaración amplia de derechos humanos, que srivió de referencia para la construcción de todas las demás cartas de derechos de las democracias que nacieron años, incluso siglos más tarde.
Pero alguna de sus leyes fundamentales, como esta famosa segunda enmienda del 1790, redactadas en un cotexto histórico muy distinto de la realidad americana actual, se han quedado obsoletas y son anacrónicas en una época en la que las sociedades actuales han alcanzado cutoas más o menos aceptables de civilización.
Los actuales partidos de izquierda (si es que en Estados Unidos exsite la izquierda), ni siquiera incluyen la ilegalización del mercado de las armas dentro de sus programas electorales, pues saben que perderían millones de votos, casi todos del medio oeste y del centro americano. Ningún político se va a atrever jamás a quitarles a los americanos sus pistolitas de vaquero, (¿como nos vais a privar de ese derecho constitucional?) y por lo tanto, ese círculo de violencia se seguirá prolongando hasta quién sabe cuándo. Eso, por no hablar de las muertes por accidentes en los hogares americanos: cada año mueren una media de 500 niños por estar jugando con la pistola de papá, que en un descuido, no puso el seguro, la dejó cargada encima de la mesita de noche.
No voy a tratar de analizar las causas de esta incomprensible afición de los americanos a las armas de fuego, ya lo hizo Michael Moore en su genial Bowling for Columbine, pero sea cual sea el origen de ese miedo visceral, de ese estado de alerta y desconfianza permanente en que viven los americanos, alguien debería poner de una vez el asunto sobre la mesa: tenemos un problema. Que un chaval de 23 años, depresivo, medio psicópata, haya comprado una pistola en la tiendecita de al lado de la universidad y se haya cargado a 32 estudiantes, algunos de ellos compañeros suyos de toda la vida, me hace pensar que este país realmente tiene un problema muy grave, y alguien debería hacer algo para solucionarlo.
Y, por otra parte, no deja de resultar cómico que las declaraciones del bueno de Bush hayan sido " esta violencia es incomprensible, no se puede entender esta violencia", horas después de que en Irak, al día siguiente, murieran 173 personas, 6 veces más que en la universidad de Virginia. En fin
¿Tal vez la solución sería destuir todas las fábricas de armas del mundo y encarcelar a todos los que, legal o ilegalmente, comercian con la muerte? Entonces la gente no las echaría de menos porque no habría nada de lo que tener miedo.
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