lunes, 12 de noviembre de 2007
jueves, 20 de septiembre de 2007
whenever I'm down...
...I call on you, my friend.
(y qué razón lleva la cantante).
No sé ni cómo ni dónde ni cuándo descubrí este video, pero desde luego tiene la virtud de acelararme el corazón cada vez que lo veo, de hacerme sonreír, de llenarme la cabeza de los mejores recuerdos que se puede tener:
tardes de playa, noches de locuras, mañanas de resaca entre risas y aspirina efervescente...
Dentro de poquito se va una de esas personas con las que he compartido alguno de los mejores momentos de mi vida, aunque afortundamente otras muchas se quedan. Y no hace falta que diga quiénes sois porque vosotras lo sabéis...
Yo también tengo la suerte de poder llamar a alguna amiga cuando estoy deprimida...(y de echar desesperadamente de menos ciertos momentos cuando lucho contra la locura, encerrada en la biblioteca).
Espero que os guste el video ;)
(y qué razón lleva la cantante).
No sé ni cómo ni dónde ni cuándo descubrí este video, pero desde luego tiene la virtud de acelararme el corazón cada vez que lo veo, de hacerme sonreír, de llenarme la cabeza de los mejores recuerdos que se puede tener:
tardes de playa, noches de locuras, mañanas de resaca entre risas y aspirina efervescente...
Dentro de poquito se va una de esas personas con las que he compartido alguno de los mejores momentos de mi vida, aunque afortundamente otras muchas se quedan. Y no hace falta que diga quiénes sois porque vosotras lo sabéis...
Yo también tengo la suerte de poder llamar a alguna amiga cuando estoy deprimida...(y de echar desesperadamente de menos ciertos momentos cuando lucho contra la locura, encerrada en la biblioteca).
Espero que os guste el video ;)
lunes, 10 de septiembre de 2007
quien fuera...
No sé por qué de repente me he acordado de esta canción, no sé por qué me he puesto a pensar en este trovador (que no cantante) cuando lo que debería estar haciendo es estudiar macroeconomía.
Será porque esta canción, de suaves cadencias e interminables acordes de guitarra española, es uno de los pocos recuerdos que tengo grabados a fuego en algún rincón del caos de mi memoria. Un recuerdo que huele a cerveza, a tabaco de mala calidad y al incienso del cuarto de mi padre en ciertas tardes (en esas pocas tardes) en que realmente nos comprendíamos uno a otro como si fuéramos (aunque realmente lo somos) padre e hija.
Me decía, con los ojos empañados y la voz algo ebria de emoción y cerveza de lata: Mira Jimena, mira lo que dice, mira qué bonito es: estoy buscando una palabra en el umbral de tu misterio...
quién fuera McCartney para poder inventar una melodía y así poder nombrarte?
¿No es precioso?
Y así se nos iban las horas, investigando en los versos de aquellos poetas que por entonces llenaban de discos de vinilo los estantes abarrotados del cuartito de mi padre.
Y se fueron esas horas en las que mi padre me enseño a buscar la belleza en cualquier sitio, en cualquier situación, y ya se fueron esas horas en las que aprendí que la perfección más absoluta puede hallarse a unos pocos metros de mi habitación.
Será porque esta canción, de suaves cadencias e interminables acordes de guitarra española, es uno de los pocos recuerdos que tengo grabados a fuego en algún rincón del caos de mi memoria. Un recuerdo que huele a cerveza, a tabaco de mala calidad y al incienso del cuarto de mi padre en ciertas tardes (en esas pocas tardes) en que realmente nos comprendíamos uno a otro como si fuéramos (aunque realmente lo somos) padre e hija.
Me decía, con los ojos empañados y la voz algo ebria de emoción y cerveza de lata: Mira Jimena, mira lo que dice, mira qué bonito es: estoy buscando una palabra en el umbral de tu misterio...
quién fuera McCartney para poder inventar una melodía y así poder nombrarte?
¿No es precioso?
Y así se nos iban las horas, investigando en los versos de aquellos poetas que por entonces llenaban de discos de vinilo los estantes abarrotados del cuartito de mi padre.
Y se fueron esas horas en las que mi padre me enseño a buscar la belleza en cualquier sitio, en cualquier situación, y ya se fueron esas horas en las que aprendí que la perfección más absoluta puede hallarse a unos pocos metros de mi habitación.
lunes, 27 de agosto de 2007
¿que es el amor...?
eso, ¿qué es?
¿una mirada cómplice en medio de cualquier sitio, que pronuncia palabras inaudibles para los demás mortales?
¿o es una mirada encendida de deseo y oscuros pensamientos, tan furtiva como breve?
¿una conversación larga y profunda en la terraza de un bar, con una cerveza en la mano, con la complicidad de dos viejos amigos?
¿o unas palabras intrascendentes, insustanciales, dichas al azar sólo para deleitar los oídos con la voz masculina enardecedora?
¿ir cogidos de la mano por el parque, decir palabras bonitas, anticiparse con el pensamiento a la palabra del compañero?
¿o un roce (intencionadamente) casual, en el resquicio de una puerta, en la estrechez de un pasillo, que enciende, que turba, que hace temblar deseando más?
¿es amor un beso experimentado y calculado en ciertos momentos de exigencias del guión, de dos amantes viejos en aquellos lances, delicioso por lo conocido?
¿o es amor un beso como una mordedura irracional, un arrebato incontrolable en el rellano de una escalera clandestina, un desatar de instintos que azota cada uno de los músculos del cuerpo?
¿compartir un helado en medio de una tormenta de verano mientras el silencio intemporal se cuela por los resquicios de las ventanas?
¿o un jadeo interminable entre las sábanas, entre la oscuridad de terciopelo, una caricia infinita y el derretir de dos cuerpos moldeados por el deseo, templados por el fuego de los instintos?
¿hacer un amor tranquilo en una cama conocida, tocar un cuerpo conocido, con palabras tan dulces como conocidas?
¿o esa hoguera cruel que te abrasa los sentidos cada vez que la ropa se desliza acariciando la piel erizada de emoción?
¿esa locura que te arrastra a los propios límites de la dimensión conocida?
¿ese cosquilleo en ciertas partes del cuerpo que se siente cuando intuyes su presencia, cuando aspiras el aroma de su piel en el ambiente?
yo, no lo sé.
¿una mirada cómplice en medio de cualquier sitio, que pronuncia palabras inaudibles para los demás mortales?
¿o es una mirada encendida de deseo y oscuros pensamientos, tan furtiva como breve?
¿una conversación larga y profunda en la terraza de un bar, con una cerveza en la mano, con la complicidad de dos viejos amigos?
¿o unas palabras intrascendentes, insustanciales, dichas al azar sólo para deleitar los oídos con la voz masculina enardecedora?
¿ir cogidos de la mano por el parque, decir palabras bonitas, anticiparse con el pensamiento a la palabra del compañero?
¿o un roce (intencionadamente) casual, en el resquicio de una puerta, en la estrechez de un pasillo, que enciende, que turba, que hace temblar deseando más?
¿es amor un beso experimentado y calculado en ciertos momentos de exigencias del guión, de dos amantes viejos en aquellos lances, delicioso por lo conocido?
¿o es amor un beso como una mordedura irracional, un arrebato incontrolable en el rellano de una escalera clandestina, un desatar de instintos que azota cada uno de los músculos del cuerpo?
¿compartir un helado en medio de una tormenta de verano mientras el silencio intemporal se cuela por los resquicios de las ventanas?
¿o un jadeo interminable entre las sábanas, entre la oscuridad de terciopelo, una caricia infinita y el derretir de dos cuerpos moldeados por el deseo, templados por el fuego de los instintos?
¿hacer un amor tranquilo en una cama conocida, tocar un cuerpo conocido, con palabras tan dulces como conocidas?
¿o esa hoguera cruel que te abrasa los sentidos cada vez que la ropa se desliza acariciando la piel erizada de emoción?
¿esa locura que te arrastra a los propios límites de la dimensión conocida?
¿ese cosquilleo en ciertas partes del cuerpo que se siente cuando intuyes su presencia, cuando aspiras el aroma de su piel en el ambiente?
yo, no lo sé.
domingo, 26 de agosto de 2007
esta es la historia de un sabado...
Noche de nostalgias veraniegas.
Otra noche de verano, esta vez perdida entre los bosques de algún ficticio paraíso en las inmediaciones del las junglas de asfalto y cemento de Madrid.
La brisa corría entre las copas de los árboles, jugueteando con las gotas de rocío que caían silenciosas, como una medio lluvia mortecina.
Estaba a punto de amanecer, en el cielo infinito comenzaban a despuntar los primeros claros del día.
No me gusta ver amanecer.
...un recordatorio cruel de que otro día comienza, de que el tiempo pasa inexorable, de que las noches de verano mágicas en las que todo es posible también terminan. Tal vez era porque me gustaba demasiado la noche, no lo sé, odiaba ver amanecer y moría por ver atardecer.
La brisa vespertina venía acompañada por una suave música de guitarra, por una voz desgarrada que no demasiado bien cantaba el hombre del piano.
Qué recuerdos me trae esta canción- me dije yo, pensando en aquellas noches también de verano en las que alrededor de una hoguera nos creíamos que el tiempo no pasaba por nosotros.
No sólo sentía nostalgia por aquellos años de infancia, ahora tan lejanos, sino también por esa noche de verano que acababa, por aquel verano de mis 21 años que también acababa irremediablemente.
La nostalgia puede venir en cualquier momento y tal como viene se va, pero en ese momento, vivísima y meridiana , me acompañaba, como una fiel compañera de viaje, como una vieja conocida a cuya presencia has terminado finalemente por acostumbrarte.
Otro año comenzará (para nosotros los estudiantes el nuevo año empieza en septiembre y no en enero), y otro verano más que se va.
Y mientras vuelvo a la tienda de campaña (afortunadamente todavía soy lo bastante joven como para no tener remilgos a la hora de dormir en cualquier sitio) me digo que la vida tiene sentido gracias a las noches de verano en las que, interminables e inciertas, la vida corre a borbotones por las venas de una persona con ganas de vivir.
Y como siempre, me sentaré otra vez a esperar con paciencia que el próximo verano llegue lo más pronto posible.
Otra noche de verano, esta vez perdida entre los bosques de algún ficticio paraíso en las inmediaciones del las junglas de asfalto y cemento de Madrid.
La brisa corría entre las copas de los árboles, jugueteando con las gotas de rocío que caían silenciosas, como una medio lluvia mortecina.
Estaba a punto de amanecer, en el cielo infinito comenzaban a despuntar los primeros claros del día.
No me gusta ver amanecer.
...un recordatorio cruel de que otro día comienza, de que el tiempo pasa inexorable, de que las noches de verano mágicas en las que todo es posible también terminan. Tal vez era porque me gustaba demasiado la noche, no lo sé, odiaba ver amanecer y moría por ver atardecer.
La brisa vespertina venía acompañada por una suave música de guitarra, por una voz desgarrada que no demasiado bien cantaba el hombre del piano.
Qué recuerdos me trae esta canción- me dije yo, pensando en aquellas noches también de verano en las que alrededor de una hoguera nos creíamos que el tiempo no pasaba por nosotros.
No sólo sentía nostalgia por aquellos años de infancia, ahora tan lejanos, sino también por esa noche de verano que acababa, por aquel verano de mis 21 años que también acababa irremediablemente.
La nostalgia puede venir en cualquier momento y tal como viene se va, pero en ese momento, vivísima y meridiana , me acompañaba, como una fiel compañera de viaje, como una vieja conocida a cuya presencia has terminado finalemente por acostumbrarte.
Otro año comenzará (para nosotros los estudiantes el nuevo año empieza en septiembre y no en enero), y otro verano más que se va.
Y mientras vuelvo a la tienda de campaña (afortunadamente todavía soy lo bastante joven como para no tener remilgos a la hora de dormir en cualquier sitio) me digo que la vida tiene sentido gracias a las noches de verano en las que, interminables e inciertas, la vida corre a borbotones por las venas de una persona con ganas de vivir.
Y como siempre, me sentaré otra vez a esperar con paciencia que el próximo verano llegue lo más pronto posible.
martes, 12 de junio de 2007
una breve reflexion
Hoy no fue uno de mis mejores días.
Pero después de hacer una de las cosas que siempre me ayudan a superar el pesimismo (ponerme el chándal, salir a correr, a cansar los músculos, a quemar adredalina pisando fuerte el asfalto de la carretera), estuve, eso sí, doblada sobre mí misma, casi sin aliento, (pero con buena música en los oídos), viendo anochecer.
Y la verdad es que el cielo estaba tan rojo, tan encendido, como en los atardeceres de mis cuentos.
Pero después de hacer una de las cosas que siempre me ayudan a superar el pesimismo (ponerme el chándal, salir a correr, a cansar los músculos, a quemar adredalina pisando fuerte el asfalto de la carretera), estuve, eso sí, doblada sobre mí misma, casi sin aliento, (pero con buena música en los oídos), viendo anochecer.
Y la verdad es que el cielo estaba tan rojo, tan encendido, como en los atardeceres de mis cuentos.
lunes, 4 de junio de 2007
Sabina y la politica fiscal

La vida esta llena de deliciosas ironías que ponen una pincelada de color en el más gris de los días;
Esta mañana, las tasas de crecimiento de la renta per capita, la inversión directa en capital bruto, se entremezclaban con historias de amor en pueblos con mar, con versos cantados al oído de una dama de la noche con ojos de gata.
Así pasó la clase de esta mañana, con una mano pasando las páginas de un libro de Sabina, con la otra desglosando el laberíntico modelo de Solow.
Y los más delicados versos de este genio noctámbulo, drogata y fornicador, hicieron que todo lo demás (la voz monótona del profesor, el murmullo alborotado de los compañeros, el calor primaveral filtrándose por los resquicios de las ventanas) no fuera sino circunstancias casuales, intrasdendentes.
Su voz cascada de copla vieja y exceso de vicio ha puesto banda sonora a ciertos momentos de mi vida desde que era una niña:
desde que en el coche, con mi madre, de camino a la guardería, escuchaba su voz más dulce y adulterada cantando temas ya casi olvidados como "pacto entre caballeros" y "amores eternos", hasta que más tarde, en campamentos de verano, mi monitor el Chino se marcaba unos increíbles solos de guitarra tocando a voz partida "nos sobran los motivos", o "la del pirata cojo".
A veces se nos iba la vida cantando "pongamos que hablo de Madrid" y "calle melancolía".
Algunas de sus baladas más pasteles (aunque no por eso menos inteligentes), me acompañaron en aquellos primeros encuentros casi furtivos: "y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres..." sonaba en nuestros labios en ciertos momentos de cursilería casi estúpida.
Me divertía analizando con una amiga las apologías a la droga y el sexo en algunas de sus canciones más ácidas ("ey sabina, ten cuidado con la cocaína...", "ponle un par de cuernos tu depresión...", y más tarde, con algunos años más, y más experiencia en ciertos lances de la vida, comencé a comprender el significado de cada uno de los versos de la declaración de amor más bella de todos los tiempos: "así estoy yo sin ti".
El crápula de Sabina, el insaciable compositor y guitarrista, que vive más de noche que de día, y que no puede superar (ni esconder) su afición a todo tipo de vicio, vuelve a los escenarios, esta vez con otro genio a la altura: Serrat.
Espero no perdérmelo esta vez, porque, como una vez dije, no quiero morirme sin haber ido a un concierto suyo, e imaginarme que una de sus composiciones menos concidas, Rosa de Lima (Jimena tiene un máster en desengaños...), fue concebida sólo para mí, y que me la canta desgarrando la guitarra, mientras apura el primer vaso de whisky de una noche interminable.
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